Articulo
El extraterrestre mesiánico
La figura del extraterrestre como mesías es uno de los motivos más persistentes de la ciencia ficción cinematográfica: un agente exterior que venga a redimirnos de nosotros mismos.
Cuando el alienígena baja a salvarnos
La figura del extraterrestre como mesías es uno de los motivos más persistentes de la ciencia ficción cinematográfica. Lejos de ser un recurso esporádico, responde a una necesidad narrativa recurrente: la de un agente exterior que venga a redimirnos de nosotros mismos.
Extracto destacado I — La tradición del mesías alienígena
El extraterrestre como una alegoría mesiánica resulta un desafío fascinante y, a ojos del profano, incluso, atrevido. En ningún caso algo esporádico; en realidad, como analiza Hugh Ruppersberg en un ensayo titulado The Alien Messiah, desde los años setenta, el cine ha experimentado a menudo con este tipo de narrativas relacionales, complejas y simbólicas a lo largo de su historia y, desde los años setenta, el mesías alienígena se ha convertido en una figura frecuente. Sus orígenes modernos se remontan al menos a Ultimátum a la Tierra (1951), donde un visitante alienígena advierte a los habitantes de la Tierra que deben abandonar la guerra y la violencia o enfrentar la destrucción. El mesías alienígena sirve para apaciguar ciertas preocupaciones sociales como la pérdida de control de la civilización, el miedo a la autodestrucción, la desesperación, el sentimiento de insignificancia del individuo y la incapacidad para encontrar un significado coherente en el mundo moderno. El paralelismo se alcanza mediante una propuesta imaginativa, que reemplaza la desesperación con esperanza, propósito y proporciona una resolución en un mundo donde parece imposible encontrar soluciones [págs. 178–179].
El libro sitúa el origen de esta tradición en el contexto de los años sesenta y setenta: el agotamiento de los movimientos contraculturales, la crisis económica, la corrupción política y la continuación de la Guerra de Vietnam generaron un caldo de cultivo donde la espiritualidad New Age y la búsqueda de trascendencia personal sustituyeron a la transformación política. El mesías alienígena, como recurso narrativo, canaliza esa necesidad de salvación externa.
Extracto destacado II — Klaatu y la rentabilidad del mesías
La producción corrió a cargo de Julian Blaustein, que contrató a Robert Wise para dirigir, una vez que renunció a hacerlo el inicialmente previsto, el guionista Edmund H. North. Pertrechado con un presupuesto de 900.000 dólares —para hacernos una idea, Ben-Hur, estrenada en 1959, costó 15 millones, la ciencia ficción siempre levantó ampollas entre los contables de Hollywood—, Wise realizó un rodaje de treinta y seis días a un ritmo vertiginoso. El resultado no pudo ser más rentable: recaudó 1,65 millones de dólares en alquileres en los Estados Unidos. La película no solo fue un éxito en taquilla, sino también en la crítica, y ganó un Oscar a los mejores efectos especiales por la representación de los platillos volantes y los robots. La historia sigue a Klaatu (Michael Rennie), un humanoides de apariencia humana, aunque con una complexión atlética y distinguida, que aterriza en Washington D. C. acompañado de un imponente robot, Gort, para entregar un mensaje crucial a los líderes de la Tierra. El mensaje de Klaatu es un ultimátum pacífico pero firme: las naciones de la Tierra deben abandonar su comportamiento violento y unirse de manera pacífica, o enfrentar la aniquilación a manos de una federación interestelar que no permitirá que la agresividad humana se extienda al espacio. El argumento se inscribe en el género utópico/pesimista de ciencia ficción de los años cincuenta, con un marcado mensaje antibélico y una clara preocupación por el uso de las armas nucleares [págs. 67–68].
El libro señala cómo el éxito de Ultimátum a la Tierra demostró la viabilidad comercial del mesías alienígena. Klaatu no viene a conquistar ni a destruir: viene a advertir, a imponer un código moral desde una autoridad superior. Es, en esencia, un profeta laico de la era atómica.
Extracto destacado III — La Llegada y el mesías lingüístico
En La llegada, el relativismo lingüístico se activa de manera literal cuando Louise aprende el lenguaje circular de los heptápodos. Este idioma no es lineal como los lenguajes humanos; sino que su estructura refleja una percepción del tiempo no secuencial. Al dominar este lenguaje, Louise comienza a experimentar el tiempo de manera no lineal, lo que le permite recordar eventos futuros como si fueran memorias del pasado. Esta representación encarna la premisa central del relativismo lingüístico fuerte, que sugiere que los hablantes de diferentes lenguas experimentan el mundo de maneras significativamente distintas debido a las características estructurales de sus idiomas. Louise, al internalizar el lenguaje de los heptápodos, desarrolla una forma de pensar y percibir el tiempo radicalmente diferente, lo que la transforma en una mediadora entre la humanidad y los alienígenas. Cuando el lenguaje se convierte en un puente entre dos especies con formas de comunicación completamente diferentes, se identifica otra implicación del relativismo lingüístico, nos referimos a que el lenguaje no solo moldea la realidad, sino que también tiene el poder de cambiarla. Louise, a través de su dominio del lenguaje de los heptápodos, utiliza su nueva percepción del tiempo para prevenir conflictos globales al revelar el mensaje clave de los alienígenas [págs. 214–215].
La Llegada (2016) actualiza la figura del mesías alienígena: abandona el modelo del ser que desciende con un ultimátum y convierte el regalo extraterrestre en un lenguaje capaz de expandir la conciencia humana. La lingüista Louise Banks ocupa esa mediación mesiánica gracias a su capacidad de aprender lo radicalmente otro.
Comentario editorial
Estas tres películas —Ultimátum a la Tierra, Contact (que el libro trata en otra sección) y La Llegada— trazan una evolución del mesías alienígena: de la advertencia vertical a la revelación horizontal. Klaatu impone desde arriba; los heptápodos ofrecen desde el lenguaje. La figura mesiánica se vuelve más sutil y menos paternalista, aunque conserva su vieja advertencia: cualquier salvación posible pasa por comprender al otro antes que someterlo.
Este texto es un extracto del libro El extraterrestre eres tú.