Articulo

2001, Solaris y el cine del contacto imposible

Dos películas que demuestran que el mayor desafío del contacto extraterrestre no es técnico, sino filosófico: ¿cómo comunicarse con lo que no se puede comprender?

Por Francisco Oteiza Lacalle 20 de mayo de 2026
Composicion editorial dividida entre 2001 y Solaris, con monolito, planeta oceanico y sala de proyeccion.
Imagen proporcionada por el proyecto Cinetropo; integrada por Codex el 2026-06-11. Fuente: /images/articles/2001-solaris-contacto-imposible.webp. Licencia: Uso editorial propio del proyecto Cinetropo.

A finales de los sesenta y comienzos de los setenta, el cine de ciencia ficción vivió un renacimiento —tras el estancamiento creativo del género durante buena parte de los años sesenta— con dos obras que marcaron un punto de inflexión en la representación del primer contacto extraterrestre. 2001: una odisea en el espacio (Stanley Kubrick, 1968) y Solaris (Andrei Tarkovski, 1972) compartieron una convicción: el contacto real con una inteligencia no humana difícilmente cabría en nuestros hábitos de comprensión. El extraterrestre eres tú dedica un capítulo entero a analizar ambas películas como relatos donde la presencia alienígena actúa como catalizador antes que como personaje.

Del capítulo correspondiente se extrae el siguiente pasaje, que sitúa a ambas películas en su contexto:

Hacia el final de la década el género vivió un renacimiento con la llegada de algunas de las obras más influyentes y trascendentales de la historia: 2001: una odisea en el espacio (1968) de Stanley Kubrick, El planeta de los simios (1968) de Franklin J. Schaffner y Solaris (1972) de Andrei Tarkovski, películas que marcaron un punto de inflexión, al elevar a la ciencia ficción a un nivel artístico y filosófico sin precedentes y consolidarlo como un género maduro y digno de respeto. A través de estas obras, la ciencia ficción demostró su capacidad para explorar cuestiones universales como el destino de la humanidad, la naturaleza de la conciencia y el lugar del ser humano en el vasto cosmos, como instrumento excelente para profundas reflexiones sobre nuestra existencia.

Kubrick rehúye cualquier forma de contacto directo. En 2001, los extraterrestres permanecen fuera de campo: queda un monolito, una huella, un catalizador que empuja a la humanidad hacia su siguiente etapa evolutiva sin explicación ni diálogo. La película es, según el libro, un misticismo de la caja negra. De la sección dedicada a la poética visual de Kubrick se extrae:

Stanley Kubrick, quien durante los años sesenta desarrolló un profundo interés por la ciencia ficción y la exploración espacial, sostenía que ninguna de las obras de ciencia ficción anteriores alcanzaba un nivel de calidad verdaderamente notable. Esta motivación lo llevó a embarcarse en la realización de 2001: una odisea en el espacio. Fiel a su estilo, Kubrick evitó en todo momento recurrir a soluciones convencionales y, junto con el escritor Arthur C. Clarke, se esforzó por construir un futuro plausible y científicamente riguroso, características que, según su criterio, adolecían la mayoría de las obras cinematográficas de ciencia ficción que lo habían precedido. Su enfoque dista radicalmente del cine moralista de los años cincuenta, centrado en la Guerra Fría y la paranoia por invasiones extraterrestres, así como de la explotación de los años sesenta, a menudo indistinguible del cine de terror y carente de legitimidad.

Tarkovski toma el camino opuesto. Donde Kubrick construye un universo de diseño preciso y abstracto, el director ruso se sumerge en la emoción, la memoria y la culpa. De la sección «Solaris, el extraterrestre no físico como catalizador de la introspección» se extrae:

Tarkovski rodará en los setenta las dos películas fundamentales de la ciencia ficción rusa: Solaris (1972), basada en la novela homónima de Stanislaw Lem, y Stalker (1979), también conocida como La Zona, basada libremente en el libro Picnic Extraterrestre de los hermanos Arkadi y Boris Strugatski. A parte de sus incuestionables méritos artísticos, estas dos películas resultan relevantes por la instrumentación absoluta del elemento alienígena para construir con él una alegoría poética que alude de manera singular al ser humano y, en especial, a la más telúrica capa de la psique y a la soledad innata que allí habita. De una manera melancólicamente bella, estas dos propuestas cinematográficas proponen como eje central la búsqueda de un significado espiritual amplio dentro del contexto metafísico a la naturaleza de las emociones humanas y a la preocupación por la soledad y la muerte. Resulta por completo original el modo en como los extraterrestres no son representados de manera convencional como entidades físicas, sino más bien como fuerzas que desafían y revelan aspectos profundos de la condición humana, las emociones y la fe.

El libro dedica además un pasaje a la comparación directa entre ambas películas, y lo hace a través de la oposición de sus dos objetos centrales: el monolito negro y el océano de Solaris. El fragmento merece citarse en su integridad:

A la hora de oponer Solaris y 2001, se advierte que la estética de 2001 —aunque espectacular— radica en su esencia como pieza de diseño. Su icónico objeto, el monolito negro, sugiere los sistemas geométricos austeros de Sol LeWitt; por contraste, el objeto correspondiente de Solaris, el océano-mundo, es maximalista, una especie de simulacro universal o mancha de Rorschach que recuerda a Jackson Pollock. Solaris representa un misticismo de la naturaleza, mientras que 2001 encarna un misticismo de la caja negra. Ambos emplean estilos de codificación que se interpretan como metáforas de los dos paradigmas principales del arte moderno. Sus formas externas son casi antitéticas, pero comparten el objetivo de desmontar la representación cotidiana no reflexiva mediante la abstracción, distorsión y descontextualización.

Kubrick y Tarkovski entendieron algo que el cine de ciencia ficción posterior olvida a menudo. La distancia entre especies no se salva con un apretón de manos ni con un traductor universal. Si el contacto llega a producirse, su forma se acerca menos al diálogo que al vértigo de mirar un abismo.

Este texto es un extracto del libro El extraterrestre eres tú.

El Extraterrestre Eres Tú

Un ensayo que recorre la historia del cine de ciencia ficción y descubre cómo los extraterrestres actúan como un espejo de nosotros mismos.

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