Articulo

Anatomía del horror cósmico

Dos películas de finales de los setenta y principios de los ochenta —Alien y La Cosa— llevaron el horror cósmico al límite al presentar criaturas que amenazan la propia noción de identidad.

Por Francisco Oteiza Lacalle 15 de septiembre de 2025
Composicion sobre Alien y La Cosa como dos visiones del horror cosmico, con xenomorfo, criatura polar y paneles de amenaza.
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Cuando el monstruo desafía toda categoría

El horror cósmico no se conforma con asustar: desestabiliza las coordenadas con las que entendemos el mundo. En el cine de extraterrestres, dos películas de finales de los setenta y principios de los ochenta —Alien, el octavo pasajero (1979) y La Cosa (1982)— llevaron esta experiencia al límite con criaturas capaces de comprometer el cuerpo y deshacer la propia noción de identidad.


Extracto destacado I — La genealogía de Alien: de la serie B a la obra maestra

El camino hasta Alien, los referentes: La Mancha devoradora (The Blob, 1958) dirigida por Irvin S. Yeaworth, es uno de esos clásicos de culto que pueden ser considerados referentes del filme de Ridley Scott. La trama gira en torno a un extraño ser viscoso de origen extraterrestre que llega a la Tierra en un meteorito. Este ser, conocido como The Blob, empieza a consumir todo a su paso, creciendo en tamaño y amenazando a una pequeña comunidad. (…) La premisa central de The Blob está profundamente arraigada en los temores y la paranoia de la Guerra Fría, y el monstruo se expone como una alegoría del miedo a la amenaza externa. Sin embargo, la película destaca por incorporar características distintivas del horror cósmico. La criatura extraterrestre, que llega en un meteorito y comienza a consumir todo a su paso, representa una fuerza completamente ajena a la humanidad, sin una motivación clara más allá de su voracidad instintiva [págs. 222–223].

El libro reconstruye la genealogía de Alien desde The Blob (1958), El terror del más allá (1958) y Terror en el espacio (1965) de Mario Bava, hasta Estrella oscura (1974) de John Carpenter, donde Dan O’Bannon —futuro guionista de Alien— ya experimentaba con la idea de un alienígena a bordo. La singularidad de Alien reside menos en la premisa que en la densidad simbólica con la que ejecuta cada elemento del horror cósmico.


Extracto destacado II — Alien: el cuerpo como campo de batalla

La idea original surgió del guionista Dan O’Bannon, quien, tras el modesto éxito de Estrella oscura, buscaba crear una versión más seria y aterradora de una historia sobre un extraterrestre a bordo de una nave espacial. En sus propias palabras, O’Bannon quería «hacer un alien que pareciera completamente real». El guion inicial, titulado Star Beast, fue coescrito con Ronald Shusett y planteaba una trama centrada en un grupo de astronautas cuya hibernación se ve interrumpida por una señal extraterrestre. La historia los llevaba a explorar un planeta misterioso donde encontraban un vehículo alienígena y sufrían la intrusión de una criatura dentro de su propia nave. Entre 1974 y 1975, O’Bannon trabajó en París en la adaptación fallida de Dune, proyecto que nunca se concretó, pero que le permitió conocer a artistas que participarían posteriormente en la producción de Alien, entre ellos, Chris Foss, diseñador de naves espaciales; H. R. Giger, diseñador de la criatura y de los escenarios alienígenas; y Jean «Moebius» Giraud, responsable del diseño de los trajes espaciales [pág. 224].

El xenomorfo de Giger es un diseño que trasciende lo puramente visual: su estética biomecánica, su ciclo reproductivo que viola los cuerpos (abrazacaras, revientapechos), lo sitúan en el territorio de la abyección que Julia Kristeva teorizó como aquello que perturba la identidad, el sistema, el orden. La criatura no mata por maldad: encarna un ciclo biológico totalmente ajeno a la moral humana. Esa indiferencia es la verdadera fuente del horror cósmico.


Extracto destacado III — La Cosa: la imposibilidad de confiar en el compañero

La Cosa presenta un alienígena cuya característica más distintiva es su capacidad de imitar a cualquier ser vivo que asimila. Esta criatura opera como un parásito, pues no puede sobrevivir por sí solo. La manera en la que procede es infectar a otros organismos mediante la sangre y los transforma desde dentro, descomponiéndolo y copiándolo en el proceso. Esta habilidad de mimetización es la fuente de la paranoia en la historia, ya que la capacidad de la criatura para suplantar a cualquier miembro del equipo desata una desconfianza absoluta entre los científicos de la base. Por tanto, se trata tanto de una amenaza física como psicológica. Cuando es atacada o intentan revelarla, su cuerpo se distorsiona y se descompone en una serie de formas abyectas, con extremidades, ojos y bocas que surgen de manera caótica e impredecible, una combinación grotesca de las criaturas que ha asimilado en el pasado. Además de su mimetización física, es capaz de adoptar el comportamiento, los recuerdos y las habilidades de sus víctimas, lo que hace imposible distinguirla de un humano verdadero, excepto por un análisis de sangre [págs. 236–237].


Extracto destacado IV — Carpenter contra Hawks: el optimismo roto

El análisis comparativo con El enigma de otro mundo (1951) evidencia la profunda transformación de la sociedad americana en los treinta años transcurridos. La cinta de Hawks comienza con un énfasis en el orden y la certeza que es quebrada —temporalmente— por algo que llega de otro planeta. El equipo de héroes emerge, analiza y evalúa el nuevo orden, y pone las cosas en su lugar destruyendo al invasor y reafirmando el viejo orden. En La Cosa de Carpenter la disrupción ya se encuentra en el mundo. Los hombres en la estación de investigación ya están tan deshechos por el aislamiento, el estrecho espacio y porque apenas se toleran entre ellos. La sensación claustrofóbica de fatalidad se refleja en los ritmos visuales y musicales de la película. (…) El trasfondo ya no es político, no se trata del miedo a los comunistas; sino la pérdida del sentido de la propia identidad. A la hora de definir quiénes somos la percepción externa es fundamental para ello, por eso una desconfianza absoluta en los otros termina por desintegrar nuestra propia identidad [págs. 238–239].

El libro subraya el contraste generacional: en la versión de 1951, la humanidad se une, vence y restaura el orden. En la de Carpenter (1982), el orden ya se ha quebrado y la amenaza habita las relaciones humanas. A La Cosa le basta con quebrar la confianza entre quienes comparten refugio.


Comentario editorial

Alien y La Cosa abren dos vías del horror cósmico moderno: el cuerpo violado y la identidad disuelta por la sospecha. En ambas, la criatura desborda las motivaciones reconocibles del monstruo clásico y obliga a mirar la fragilidad de ese «nosotros» que parecía estable.


Este texto es un extracto del libro El extraterrestre eres tú.

El Extraterrestre Eres Tú

Un ensayo que recorre la historia del cine de ciencia ficción y descubre cómo los extraterrestres actúan como un espejo de nosotros mismos.

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